miércoles, 5 de noviembre de 2014

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Los días buenos y malos comenzaban a intercalarse, a veces me sentía exageradamente feliz y luego con solo una pequeña e insignificante cosa, todo se teñía de gris y el paisaje de la ventana dejaba de parecerme hermoso para convertirse en una pintura sin gracia que se empolvaba de forma angustiosa. A momentos sonreía sin razón alguna, a momentos las lágrimas rodaban por mis mejillas sin que yo lo quisiera y para cuando me daba cuenta, mi rostro se encontraba hundido en la misma almohada de siempre, aquella misma que si tuviese vida de seguro lloraría conmigo o quizás me dejaría como hacían todos.

Y él... cada vez que hablaba con él, cada vez que pensaba en él no sabía muy bien que hacer, no sabía si realmente debía llorar o solo reír como estúpida, no sabía si debía seguir intentándolo o dejarlo todo como estaba porque, maldición... Había descubierto que todo aquello de lo cual siempre me había burlado era real y me estaba sucediendo, la única diferencia era que no me gustaba, no... No soportaba tener sentimientos, no soportaba tenerlos hacia él, no ese tipo de sentimientos... Entonces, mi corazón latía fuerte y mi estómago se revolvía de forma violenta. ¿Mariposas? ¿eso es lo que llaman "mariposas en el estómago"? Porque en realidad yo sentía que me estaba muriendo, sentía que me destrozaban por dentro y que el flujo de la sangre en mis venas se volvía tan rápido que me producía dolor.

Quizás podría estar exagerando ¿podría?... Quisiera hacerlo... De pronto mi orgullo se esfumó, de pronto el gigantesco muro que me protegía había caído, me sentía pequeña, indefensa... Después de todo solo seguía siendo yo, como al principio, como  cuando la perdí a ella y edifiqué aquella fortaleza para que nadie más pudiese herirme. ¿Por qué aún así dejé que lo hiciera? ¿Por qué él?

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