Intercambiamos un par de miradas antes de soltar una sonora carcajada casi al unísono.
Me gustaba cuando eso pasaba, me sentía sincronizada contigo, me sentía como si fuésemos uno. Éramos uno...
Cada vez que estabas feliz yo lo estaba, y cuando estabas triste también yo, no era que transmitiéramos nuestros sentimientos ni pensamientos al otro, solo se trataba de que eramos dos personas extrañamente demasiado parecidas, demasiado dañadas, demasiado rechazadas.
Amaba cada vez que me contabas cosas sobre tu pasado, tengo la concepción de que cada vez que alguien hace eso es porque te haz convertido en una persona de confianza, como aquel día que me contaste acerca de un tortuoso año nuevo, de tus lágrimas, de tu amado perro y lo mucho que aún lamentabas su fallecimiento... El temblor en tu voz me obligó a abrazarte, porque de algún modo te sentí tan cercano a mi, te sentí tan vulnerable y la capa que te cubría se había desvanecido por completo ante mi, me sentía útil, como nunca antes en mi vida. Quería decirte que todo estaba bien, que el dolor es pasajero, pero... ¿Quién mejor que yo sabe que las palabras no son un consuelo?
Así que ante todo preferí el silencio, porque se que lo único que otorga paz en un momento como ese, es oír el ritmo de una respiración junto a la tuya, porque el consuelo es más que palabras, no eran necesarias, yo te sanaría de la mejor forma, sin palabras bonitas, sin promesas... Solo estaría ahí cada vez que me necesitaras, siempre, a toda hora.
Normalmente las promesas son las que más hieren y yo lo sé muy bien, creerlas, es el peor error... Pero yo no te las haría, porque no deseaba lastimarte más de lo que ya estabas. Yo solo quería que volvieras a ser feliz, sanarte y sanarme al mismo tiempo, porque lo merecíamos, porque cuando el sufrimiento ya se torna algo común es porque una parte de nosotros se encuentra casi muerta, no quería que eso te pasara, no dejaría que fuese así.
Entonces si nos veo ahora, si oigo tu risa junto a la mía, todo parece haber mejorado demasiado, estabas listo para alejarte, y por otro lado yo también lo estaba para dejarte ir. Ya no era mi deber mantenerte firme, ya sabías como hacerlo... Y si por casualidad dejaras que alguien más volviera a destrozarte... Sabías que yo seguiría estando en el mismo lugar, con los brazos abiertos, dispuesta a levantar los trozos de lo que quedara de ti y armarte de nuevo.
J
No hay comentarios:
Publicar un comentario