Debo reconocer que estoy algo cansado de intentarlo, mi matrimonio es un completo desastre, no me quejo de mi hermosa esposa, mucho menos de mi dulce hija… Siguen y seguirán siendo parte importante de mi vida, sobre todo mi hija…
Pero mi esposa… Ella ya no es la misma, y si bien se sabe que los años no pasan en vano, no es directamente ese el hecho que me atormenta… Sino Él.
Hace unos meses, mi esposa y yo planeamos un viaje para poder relajarnos, arrendaríamos una hermosa casa cerca de una playa, eran unas cortas pero impresionantes vacaciones. Se suponía que intentaríamos renovar las energías de nuestra relación, las que según ambos habíamos perdido a causa del estrés diario. Pero en realidad no era el estrés diario ni nada absolutamente parecido… Ambos nos encontrábamos muertos, muertos en vida, cansados de vernos día a día. Cansados de la monotonía de nuestros cuerpos que con el pasar de los años conocíamos por derecho y por revés.
A pesar del exquisito sonido de las olas rompiendo la playa y la privilegiada vista de aquella hermosa casa. Todo seguía siendo lo mismo, simplemente porque nosotros seguíamos siendo los mismos. Y van y vienen las peleas constantes, el no acuerdo de opiniones y todos esos contra que nos han hecho dejar de sentir amor el uno por el otro.
-Gerard, no, déjame. – Era lo único que lograba conseguir cada vez que me acercaba a ella buscando un simple ademán de cariño, o quizás solo una mirada que me atara a seguir a su lado.
-Sabes Lindsey… Cada vez que me acerco a ti y me rechazas siento como si fuese un estúpido hombre de 40 años que ruega por sexo… Pero mírame, mírate… Tenemos 35 años, somos jóvenes, no adolescentes pero si jóvenes… Y ni siquiera puedo acariciar tu regazo o dejar que mis dedos se enreden en los nudos de tu cabellera, ¿que es lo que sucede?
Por favor dímelo y déjame ser libre de esto.
-Gerard, si quieres ser libre, puedes tomar tus cosas e irte, yo no te estoy atando a mi lado… No comprendo que es lo que quieres que te explique, porque francamente ni siquiera yo se lo que sucede con nosotros.
Estábamos completamente hundidos en la monotonía y el no gusto por ambos. Nuestro matrimonio había muerto…
Tomé mi billetera poniéndola en el bolsillo trasero de mi gastado Jeans. Salí a caminar por la desolada y tranquila playa, necesitaba sentir que realmente descansaba un momento, necesitaba sentir esa libertad que había perdido hace ya algunos años.
Había caminado tanto, que ni siquiera me di cuenta de como llegué cerca de otras casas, un poco más a tras mano de la playa, miré hacia atrás y ya no podía divisar la casa en donde me hospedaba actualmente, pero no me importó, solo seguí caminando, no tenía ánimos para dar pie atrás a todo lo caminado.
-Señor, ¿está perdido? – Escuché una voz a mis espaldas.
-No, solo camino… - Contesté sin voltear.
-Oh, ya veo… Los turistas no suelen caminar hacia estas partes de la playa. – Dijo adoptando una posición a mi lado y caminando a mi ritmo. Lo miré de reojo.
-Necesitaba tomar un poco de aire… - Sinceré y levanté mi vista para ver aquel perfil, tan perfecto como nunca antes vi en mi vida.
-Espero no haberlo molestado – Se disculpó y clavó su mirada en la mía, en una exquisita colisión de sonrisas que no se atrevían a salir.
-No claro que no… So...Soy Gerard – Dije estirando mi mano para saludarle.
-Yo soy Frank, mucho gusto – Sonrió.
-Igualmente Frank… Y dime… ¿Vives por aquí? – Inquirí.
-En realidad no, pero me gusta venir a la playa, hace que me sienta libre de vez en cuando, y bueno… Me tomé el atrevimiento de preguntarle si estaba perdido porque nunca veo gente por estos lados… - Dijo sin dejar de sonreír ni un solo momento.
-La verdad es que también necesitaba sentirme un poco libre – Sonreí.
-¿Se hospeda en las cabañas del inicio de la playa? – Preguntó
-Si, vine un tiempo… Con mi familia… Pero Frank, solo dime Gerard, haces que me sienta viejo…
-Lo siento… Gerard… Bueno, ya es hora de irme… Si necesitas compañía suelo venir aquí todas las noches, no lo se, podríamos hablar – Sonrió coquetamente y yo comprendía exactamente su plan, pero me era conveniente hacer como que nunca noté nada, nos despedimos y caminamos cada uno hacia lados contrarios. Yo volví a la casa, lentamente… Ni siquiera tenía ganas de llegar, si no fuese por mi pequeña, esa pequeña que se había convertido en mi vida.
Subí con desgano los tres pequeños escalones de la entrada de la casa y al momento en que abrí la puerta, mi pequeña corrió hacia mis brazos, la levanté y besé su mejilla.
Lugo la volví a dejar en el suelo y caminé hacia la cocina, y ahí estaba mi esposa, la hermosísima mujer con la que me había casado y a la que algún día estuve seguro de haber amado.
-¿Quieres cenar? – Preguntó al momento que se percató de mi presencia.
-Claro – Contesté con una sonrisa entre los labios, ni siquiera me agradaba estar ahí, solo sonreía inconscientemente.
Cenamos en completa paz, solos los tres como era de costumbre, hablábamos pequeños intervalos de distintas conversaciones que no concluían en nada. Pero sin embargo habíamos logrado un buen rato sin discusiones ni malas caras.
Terminamos de cenar, Lindsey levantó los platos, mientras yo llevaba a Bandit a su habitación para hacerla dormir. Acosté a mi pequeña hija y me aseguré de que se durmiera placidamente, estampé un tierno beso en su frente y salí cerrando la puerta tras de mi.
Caminé hacia la habitación que nos correspondía a mí y a Lindsey, ella ya se preparaba para dormir, como siempre, dándome esa atmósfera melancólica que desde hace un tiempo nos envolvía a ambos todas las noches. Seguí la secuencia rutinaria, lo único que cambiaba era nuestra habitación… Me acosté en silencio, mientras ella cepillaba su cabello para luego acomodarse a mi lado y no regalarme nada más que su calor corporal.
Me revolvía de un lado a otro en esa cama que parecía mucho más amplia de lo que se veía, no lograba concebir el sueño, por más insistente que fuera cerrando mis ojos. Miré hacia ella y supe que dormía, oía su respiración suave, la observé por un momento, acaricié una de sus mejillas casi sin tocarla.
-Perdóname – Fue lo único que mis labios pudieron articular. Me levanté sigilosamente sin hacer ruido, me vestí y salí, necesitaba aire y un poco más que eso.
Caminé por la playa vacía, disfrutaba enormemente el paisaje nocturno, la brisa pasaba de ser fría a completamente agradable, acariciando mis mejillas con suavidad, caminé sin saber a donde me dirigía y sin un propósito concreto.
Tras mi lento caminar y la poca visibilidad que me proporcionaba la noche logré divisar una silueta sentada en la arena observando como la luna se reflejaba en las quietas aguas.
Era él, simplemente nunca encontraría un perfil así, ni siquiera dibujándolo, ni soñándolo…
-Gerard… No creí que vendrías – Dijo sorprendido y yo tomé asiento junto a el.
Me observó dulcemente, el brillo de sus ojos era hipnotizador, con una hermosura indescriptible.
No dije nada, absolutamente nada, solo me quedé a su lado en silencio observando la inmensidad de las aguas. El hizo un movimiento que pude percibir aún sin que me tocara, como una vibración escalofriante. Echó hacia atrás el gorro que cubría su cabello corto y se acercó.
Me observaba con sus grandes ojos a una distancia que se hacía íntima. Su juventud resaltaba en cada rasgo bien formado de su rostro. El calor que desprendía su cuerpo me hacía temblar, de ansias y una cuota de temor.
Besó mi mejilla con esos carnosos y rojos labios, llenó mi piel de pequeños besos. Yo me separé unos centímetros, tomé su rostro entre mis manos y finalmente besé sus labios, los saboreé y disfruté por unos segundos. Sentía como si de pronto una llama se encendiera dentro de mí, como si de un momento a otro volviese a vivir.
Se levantó y estiró su mano para que yo la tomara, y lo hice, caminamos a paso rápido sintiendo como nuestros píes se hundían en la arena. Sacó una pequeña llave de su bolsillo y entre una oscuridad rotunda abrimos una puerta y nos adentramos en una habitación que parecía estar vacía y así era. Se aseguró de cerrar la puerta mientras yo intentaba encontrar un hilo de luz que me quitara esa sensación de ceguedad.
El conocía completamente cada esquina de esa pequeña habitación sacó una insignificante cajita de fósforos y encendió uno, se dirigió hacia dos velas abandonadas sobre una pequeña mesita en una de las cuatro esquinas que nos resguardaban.
Por fin luego de unos infinitos segundos lograba ver su rostro ante mí, vi como se despojó de sus ropas, mientras yo permanecía inmóvil disfrutando el pequeño paisaje en el que se convertía su cuerpo semi-desnudo. Un montón de dibujos cubrían su piel que tenía un color exquisito, tan terso, tan innecesariamente perfecto.
Se acercó, sus brazos colgaban inmóviles a cada lado de su estrecha cadera. Caminó lento, como si no sintiera prisa alguna por comenzar.
Casi sin tocarme arrojó parte de mis ropas por la habitación, acarició mis hombros desnudos una y otra vez. Me sometí completamente a su deseo que también era el mío, mi corazón palpitaba a cada movimiento. Me parecía dulce la desesperación de sus dedos por abrir mi pantalón, me sentí aprisionado por un momento y enloquecido ante su impaciencia mezclada con el placer que compartíamos. Comenzaba a arder en deseos de ese amor reprimido que parecía escapársele en cada bocanada de respiración.
Una vez estando ambos completamente desnudos, el se aleja unos metros y me observa, su mirada atenta abarca todo mis ser deseoso de ese cariño que hace tiempo olvidó. La tensión de mi cuerpo se fue, solté mis brazos dejándolos caer, sintiendo una enorme libertad y un íntimo bienestar.
Se acercó, violento… Completamente seguro de lo que hacía, atrapó mis labios entre los suyos y no los dejó escapar, acariciaba mi cuerpo repetitivamente como si no pudiese controlar sus instintos. Baja por mi cuello humedeciéndolo, siento el olor emanado de su cuerpo, esa mezcla entre cigarrillos y algún perfume que desconozco. Recorro con la punta de mis dedos cada curva de su tonificado cuerpo. En un movimiento rápido lo aprisiono contra la pared, su mejilla toca la madera fría que sostiene el lugar. Mientras yo solo oigo con atención cada uno de los sonidos que salen de su boca. Toco incansablemente, una y otra vez la perfección de su torso. Es como si pudiera sentir la sangre recorrer sus venas dándole fuerza a sus extremidades que ya no saben que hacer de tanto maldito placer que guardan ambos cuerpos.
Su cuerpo pareciera hervir, mientras sus muslos presionan con esa terrible mezcla entre placer y dolor, se sostiene de las paredes inertes queriendo soltar gritos que se enmudecen a cada envestida.
Lo envuelvo, lo arrastro, estoy loco de placer como nunca antes en mis 35 años. Desfallecemos de placer aún reprimido, el cansancio se hace notar tras unos segundos de inactividad en el que solo acaricio sus muslos.
Nos dejamos caer en el suelo frío, sin importar si quiera la incomodidad que pudiéramos sentir. El cansancio nos mató a los dos… Al despertar el yacía a mi lado, envuelto en una frazada que no recuerdo de donde salió, dormía plácido, su respiración era leve, nuestros cuerpos sudados contrarrestaban correctamente. Observé su semblante levemente pueril… Tuve el tiempo suficiente para observar cada uno de los tatuajes que lo adornaban de forma innecesaria. Deslicé lentamente mi mano por sus suaves cabellos, me separé sin que lo notara, me incorporé al frío que me envolvió al alejarme de su cuerpo, lo observé una vez más y salí cerrando cuidadosamente esa puerta que había guardado aquella noche el secreto más grande de mi vida.
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