Entonces junto al llanto de mi madre se derramó el mínimo de humanidad que se mantenía dentro mío todo este tiempo.
No me sentía culpable ni triste al oír sus sollozos a través de la puerta, no sentía nada más que el frío recorriendo mi espalda en toda su extensión. Me sentí muerta en ese entonces, mucho más que vacía, ni sí quiera el golpe tan certero entre mis costillas me parecía verdaderamente doloroso.
Los cimientos habían crecido, se habían elevado incluso sobre mi, ya no veía nada, mi mente perdida carecía de pensamientos y peor aún... De sentimientos.
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